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Regalemos  bien común esta Navidad

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Contemplando a Jesús en el pesebre, pobre, frágil, acompañado de su madre, María, de su padre adoptivo, José, se me viene a la mente el misterio del amor de Dios con más fuerza que nunca. Dios se hace pobre hasta el extremo para enriquecernos con su divinidad e invitarnos a una vida nueva, según las categorías de Dios que, no siempre coinciden con las categorías humanas, y para ayudarnos a vivir como hermanos.  Y tanto que lo necesitamos.

Este año donde se ha manifestado un generalizado descontento de una gran mayoría de los habitantes del mundo, de Chile y de la región, bien podemos esta Navidad contribuir con nuestras propias vidas a construir un mundo mejor, a potenciar el bien común. Le propongo concretamente; que regale productos chilenos, así aliviará a las PYMES que están pasando por momentos muy difíciles; que no beba si va a manejar, los daños de un accidente son irreversibles; que no se estacione en la vereda, así los no videntes y discapacitados podrán transitar libremente; que no bote la basura a la calle, alguien lo tendrá que recoger, afea la ciudad, y es peligroso; le propongo que no critique, que no juzgue, que no levante chismes, los daños son irreversibles; que regale una visita, una llamada, un gesto a un amigo o familiar que tiene en el olvido; regálese la aventura de ir visitar a un vecino, amigo, colega o familiar para abuenarse, tal vez mañana sea demasiado tarde.  No hay dolor más grande que desencuentros al interior de la familia o al interior de los lugares de trabajo. Le propongo que nos regalemos esta Navidad, devolver lo mal habido; y que, cara a cara con el niño Jesús, hagamos un profundo examen de conciencia para ver de qué manera hemos contribuido a promover el bien en la sociedad, y de qué manera no lo hemos hecho.

Esta Navidad regalémonos la alegría de ser más, de ser mejores personas, y no de tener más. Descubriremos que son las relaciones humanas, los vínculos sociales, las sonrisas, los proyectos compartidos y el pan en una mesa donde todos tienen cabida, los espacios que realmente nos hacen felices, nos hacen encontrarle sentido a la vida y reconocernos en toda la riqueza de nuestra humanidad.

Esa es la mejor y sublime mirra,  áloe e incienso que podemos ofrecer hoy y, por lejos la que más necesitamos. Pidamos al niño Jesús que nos regale capacidad de dialogar, de ser capaces de encontrarle la razón al que la tiene, independiente de quien sea, de mirarnos a los ojos sin temor. También propongo regalarnos la valentía de reconocer nuestros errores y enmendarlos; reconocer que todos nos necesitamos y que nadie sobra; reconocer en el otro una gran posibilidad de encuentro. Mirando a Jesús en el pesebre, no tengamos miedo de regalar ternura, amor, compasión, perdón y misericordia. Si el Señor nos regala esta gracia será la mejor Navidad que jamás hayamos tenido.  Feliz Navidad y un gran 2020.